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LA SALUD FEMENINA O LA NECESIDAD DE LA VUELTA AL ORIGEN

“Las mujeres tienen órganos que no sienten como suyos, cuyas funciones le son ajenas, y de los que disponen los entendidos en el terreno que sea” (Victoria Sau, 2000). Esta frase nos habla de una usurpación, la usurpación a las mujeres del conocimiento de nuestro propio cuerpo femenino y como consecuencia lo que implica la salud en un cuerpo de mujer. A pesar de la evolución del significado del concepto de salud desde definiciones trasnochadas que la definen simplemente como ausencia de enfermedad a otras más avanzadas de mediados del siglo XX, que la consideran como el estado de bienestar físico, mental y social de la persona, que implica una visión más holística e integral de la salud, se sigue invisibilizando la diferencia sexual de lo que es salud en un cuerpo de hombre o en un cuerpo de mujer.

En el caso de las mujeres, a lo largo de la Historia la definición de nuestra salud ha estado sometida a los esquemas y parámetros de quién decidía qué y cómo era un estado saludable, es decir, la ciencia médica construida desde lo masculino patriarcal. Los únicos procesos biológicos que se estudiaban como diferentes de la mujer eran el embarazo y el parto, aunque también desde el mismo lugar; el que nos limitaba en nuestra capacidad para conocer y decidir sobre nuestro cuerpo. Debido a esto, nuestro cuerpo y nuestra salud han estado sometidos a la invisibilización, el control y la infravaloración en la investigación y la práctica médica.

Afortunadamente esta situación viene revirtiéndose desde los años 70 y 80 del siglo pasado, momento en el que se ha comenzado a generar una visión de la salud que sí que incorpora la visión de la diferencia sexual. Así, se inició el estudio de la sintomatología diferencial de ciertas enfermedades en las mujeres, también se comenzaron a visibilizar numerosos procesos biológicos propiamente femeninos como por ejemplo la menstruación o la menopausia y a definir ciertas patologías como femeninas, por ser más frecuentes en nosotras. Por ello, podríamos definir salud femenina como el estudio, el diagnóstico y tratamiento de aquellas condiciones y procesos, que son más frecuentes en las mujeres, que se manifiestan de forma diferente en nosotras y que son específicos de nuestro cuerpo de mujer (Carme Valls-Llobet, 2006).

En el caso concreto de las condiciones y procesos que son específicos de lo femenino es necesario estar al corriente de las investigaciones y de las prácticas de la ciencia médica desde la visión de la diferencia femenina, no en vano esta visión es la que ha permitido realizar los avances alcanzados; pero además se necesitan nuevas prácticas de salud desde otros enfoques y campos del saber. En primer lugar, considero que las prácticas en torno a la salud femenina deben incorporar una visión integral en la que lo físico no está separado de lo emocional y lo psicológico, además de lo colectivo y social. En segundo lugar, todo esto se debería enmarcar en el campo de lo educativo porque educar implica acompañamiento y guía, busca la adquisición de unos determinados saberes y conocimientos. Es solo desde los conocimientos adquiridos que nuestros hábitos y prácticas puedes ser diferentes, en este caso, en lo que se refiere a la salud femenina. Finalmente, para poder materializar esta visión integral y educativa de la salud femenina las nuevas prácticas deberían interrelacionar distintos campos del saber como son la educación menstrual, la sexualidad femenina, la ginecología natural y las prácticas terapéuticas que consideran al cuerpo holísticamente.

Todo esto porque, esta visión de la salud femenina implica una vuelta al origen. El origen en el que las sociedades primigenias consideraban la realidad y a los seres como un todo conectado. Origen en el que la visión del mundo y de los seres se constituía de acuerdo a la consciencia y el sentir y no solo al pensar. Origen en el que se escuchaba y se respetaba al cuerpo y las mujeres y los hombres vivían de acuerdo a los ciclos de la naturaleza. Origen, en el que lo femenino era valorado como aquello que sustentaba la vida y, por lo tanto, estaba en primer lugar. Origen en el que los asuntos de la salud de las mujeres también se consideraban como un todo en el que cuerpo, mente y emociones estaban en el mismo nivel. Un origen en el que los conocimientos sobre la salud se transmitían entre mujeres de generación en generación como parte de la vida y aquella que tenía estos conocimientos era considerada sabia. Es decir, un origen en el que la visión de la vida integraba y valoraba la naturaleza y la energía femenina. Un origen perdido pero que es necesario volver a recuperar para que las mujeres recuperemos nuestra conexión con nuestro sentir, con nuestro cuerpo y, por tanto, con nuestro estado de salud más profundo.

Sau, Victoria (2000). Diccionario ideológico feminista. Barcelona. Editorial Icaria.
Valls-Llobet, Carme. (2006). Mujeres, salud y poder. Madrid. Editorial Cátedra.

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