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EN EL PRINCIPIO ERA ELLA. O LA HISTORIA SIN PATRIARCADO

La frase “En el principio era ella”, es el título de un libro de Luce Irigaray, una de las figuras más destacadas del feminismo de la diferencia sexual. En este libro su autora vuelve al pasado para rescatar el hecho de que el origen del conocimiento de occidente se encuentra en la naturaleza, la diosa o Gran Madre y la mujer. Así que no podía escoger mejor frase para el título de este post ya que evoca precisamente lo que quiero explicar en las siguientes líneas.

Cuando nos planteamos el lugar que ha ocupado la mujer en la Historia y cómo ha sido la relación con su cuerpo, a priori pensamos que siempre ha sido bajo el mandato de lo que marca el sistema patriarcal. Pero esto no ha sido siempre así, porque el patriarcado no ha existido siempre y no lo ha ocupado todo. Sin embargo, para hablar del tiempo en el que el patriarcado no habitaba en los cuerpos de las mujeres y en nuestro sistema de funcionamiento social, nos tenemos que ir bastante atrás en la Historia, concretamente a la Prehistoria, tanto al periodo del Paleolítico, como en los primeros tiempos del Neolítico. Sin embargo, explicar cómo era la vida durante esos miles de años sería inabarcable pues sería mucha Historia a resumir y además los cambios de un periodo a otro se dan de manera diferente y en momentos distintos en unos lugares u otros del planeta.

Por eso en estas líneas me centraré en cómo era la vida de las sociedades del Próximo Oriente, que darán paso a la civilización de Mesopotamia y las de la Vieja Europa estudiadas sobre todo por la arqueóloga Marija Gimbutas (1974). Culturas donde las estructuras prepatriarcales eran muy parecidas y para las que se han establecido distintas teorías de lo que Gerda Lerner denominó la creación del patriarcado (1986). Sin embargo, hay que decir que muy seguramente, más allá de este contexto espacial y temporal, todas las formas de organización social en su estadio inicial se organizan desde las formas no patriarcales, e incluso algunas de ellas han llegado a nuestro presente.

Todas las sociedades prepatriarcales, tanto las del Próximo Oriente como las de la Vieja Europa, en esos primeros tiempos del Neolítico, se caracterizan por ser unas sociedades pacíficas, pues los poblados no tenían defensas; ya eran sedentarias; comenzaban a dedicarse a la agricultura, tarea realizada sobre todo por las mujeres y vivían de acuerdo a los ciclos de la naturaleza. Pero además eran matrilineales y matrifocales.
Que una sociedad fuera matrilineal significa que la herencia y la filiación familiar era por la madre, es decir, que tu sabías quien era tu madre y tu abuela, pero no sabías quien era tu padre o tu abuelo. Esto se debe a que las relaciones hombre-mujer no eran como son ahora en el sentido de que no daban origen a una unión familiar, ni la sexualidad era exclusiva, ni de pertenencia. Es decir que, en nuestro pasado lejano, no había matrimonios, ni una mujer pertenecía a un hombre, -porque no existía en concepto de propiedad privada ni de los recursos, ni de los cuerpos-, ni siquiera las relaciones sexuales eran exclusivas. ¡Nuestras ancestras no se casaban y ya eran poliamorosas! Por otro lado, el concepto de matrifocal, es consecuencia de lo anterior, ya que el grupo social se reunía en torno a la figura de la madre, ella era el centro.

Por otro lado, en estas sociedades no había religiones, por lo tanto, no había dioses, pero sí había creencias, ya que la dimensión espiritual en la especie humana ha sido parte de ella desde sus orígenes. De esta manera, en estas sociedades, organizadas en torno a los ciclos de la naturaleza, cuya principal fuente de alimentación se basada en lo que daba la tierra, de carácter pacífico y en las que la madre era el foco, el centro del sistema de creencias era figura la de la Gran Madre. Imagen que representa a la tierra que da el alimento y al ciclo de la vida-muerte de la naturaleza, e imagen encarnada en el cuerpo de la mujer que es también la que da la vida a las criaturas. Es por ello que lo femenino era el reflejo del principio creador y lo femenino era el centro de la vida de la toda la comunidad, para hombres, mujeres y criaturas.

De todo ello no tenemos escritos, pero sí tenemos imágenes, pues ese principio femenino se representaba en infinidad de cerámicas, de ese momento y también posteriores, a través de multitud de formas. A través de líneas de ziz-zag que representa al río que da la vida, como pájaro que alimenta, en forma de rana como imagen del útero que palpita en el interior del cuerpo de la mujer, tal y como ha analizado Casilda Rodrigáñez en su obra Pariremos con placer (2007). Pero este simbolismo que venía de su sistema de creencias no solo se plasmaba en las representaciones gráficas, sino que también implicaba una relación diferente con el cuerpo de la mujer.

El cuerpo de la mujer era considerado como algo extraordinario, pues por ejemplo no se comprendía cómo se originaba el proceso de la fecundación y la gestación y, por tanto, se le otorgaba un valor casi mágico. La menstruación durante mucho tiempo tuvo un valor positivo e incluso sagrado. Así, en la cultura Cherokee, la sangre menstrual era una fuente de fuerza femenina y tenía el poder de destruir enemigos. E incluso en la antigua Roma, Plinio el Viejo escribió que una mujer que menstrúa y descubre su cuerpo puede ahuyentar las tormentas de granizo, los remolinos y los rayos. En África, la sangre menstrual se usaba en los hechizos mágicos más poderosos para purificar y destruir. Y la lista de culturas que tuvieron una visión positiva de la menstruación podría ser mucho más larga…

Pero… pasó el tiempo y las formas de organización social cambiaron y se estableció la organización patriarcal. Y con ella la propiedad privada, el matrimonio, los estados, las religiones y también el sometimiento de la mujer y de su cuerpo a los patriarcas. Sin embargo, hoy, es ya el momento de volver a colocar en el centro la naturaleza cíclica, el principio femenino y el valor de los procesos biológicos y naturales de las mujeres.

Casilda Rodrigáñez Bustos. (2007). Pariremos con placer. Granada. Cauac. Editorial Nativa
Gerda Lerner. (1986). La creación del patriarcado. Barcelona: Editorial Crítica.
Marija Gimbutas (1974). Diosas y dioses de la Vieja Europa. Madrid: Editorial Siruela

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