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¿QUÉ NOS PASA CON EL ALGORITMO? Una historia de amor y desamor entre las redes sociales y nosotras

Texto inspirado por mi propia experiencia y por la tribu de mujeres de la Cultura menstrual.

En una etapa anterior de mi vida muy interesa y acelerada llegué a ser una apasionada de la tecnología digital. Mi vida profesional giraba en torno a cómo estaban impactando las redes sociales o las aplicaciones móviles en el mundo de los museos y el Patrimonio cultural. Tanto es así que dedique unos tres o cuatro años a investigar este tema. Me parecía algo apasionante que con una App en tu mano tuvieras las obras del Museo metropolitano de Nueva York o que la colección del Thyssen de Madrid se explicara por twitter. Era y es, realmente una revolución para el mundo anquilosado de muchos museos y especialmente los de Arte. Y mi tiempo, mi trabajo y mi pasión discurrían en congresos sobre la tecnología digital y los museos, en horas de biblioteca escribiendo sobre ello y estancias de investigación en reputadas universidades para formarme en todo este mundo. ¡Uff!! Me parece otra vida y realmente lo era.

Yo estaba envuelta en un enamoramiento por el mundo académico y en concreto por el uso de la tecnología digital en el ámbito de la Cultura, con menos consciencia social que ahora y todavía menos consciencia feminista. En todo caso, el enamoramiento no duro mucho. Me desenamoré de la vida académica y con el tiempo me fui desenamorando de las “bondades” de las redes sociales y todo lo que las envuelve.

Cuando inicié mi proyecto de emprendimiento sobre salud femenina, no había duda de que para darlo a conocer tenía que utilizar redes sociales, de hecho, Hystera nació como una fanpage de Facebook. Pero si pienso, qué había detrás de ese “no había duda”… Lo primero un deseo auténtico y legítimo de dar a conocer más allá de mi entorno cercano la epifanía que yo había experimentado en mi al descubrirme cíclica. También una necesidad, que también se relaciona con el deseo en muchas ocasiones, aunque no siempre es fácil lidiar con las dos cosas.

Pero sobre todo lo que hay detrás de esa ausencia de dudas para estar en redes sociales tiene que ver con un querer agradar, un deslumbramiento por lo que supuestamente ofrecen las redes, un reconocimiento, una ilusión por estar, en definitiva, un enamoramiento. El problema es cuando ese enamoramiento e ilusión pone en jaque lo que tú eres, y lo que te hace bien. Y las mujeres tenemos mucha experiencia en poner por delante el amor a otras cosas, que el amor a nosotras mismas y nuestro bienestar.

En mi historia personal con las redes sociales, la ruptura amorosa definitiva llegó cuando el año pasado hackearon mis perfiles profesionales y personales de Facebook e Instagram, además del Instagram de la Asociación La vida en rojo. El poder, entendido como Meta, y sus secuaces, aquellos que te atienden en el chat para empresas, me dijeron que era mi culpa. Como no, la culpa era de la pobre incauta que no está al día de todos los protocolos de privacidad del gigante Meta. El hecho de perder mis perfiles en redes sociales y concretamente volver a tener que crear una comunidad de seguidoras que había creado en los últimos 3 años, más todo el mes de gestiones y disgustos que esto me generó hasta dar por perdidos estos perfiles, me hizo pensar muchas cosas.

Desde mi situación cómoda de emprendedora (tengo un trabajo a media jornada que me sostiene económicamente), pensé que, si para estar en redes sociales tengo que hacer y estar de una determinada manera, como autocensurándome y limitando lo que digo y, en definitiva estar al servicio de unos dictados que hace tiempo dejaron de ser los míos en la vida real, quizás mejor no estar, o al menos, no estar como nos piden desde fuera que estemos.

Es posible que quien me lea piense, muy legítimamente, que tenemos todo el derecho a inundar las redes sociales de pechos lactantes, vulvas al sol y cuerpos reales de mujeres. De hecho, podréis pensar que tenemos que hacerlo para reivindicar una nueva manera de vivirnos, mostrarnos y explicar lo que nos pasa. Una forma que no se ha hecho desde hace mucho, mucho tiempo, o quizás nunca. Y estoy totalmente de acuerdo con ello, tenemos derecho a estarlo, pero me pregunto: ¿A qué precio? ¿A qué precio mantenemos muchas veces relaciones de amor?

Personalmente, una de las cosas que me más me duele es el dolor de las mujeres en cualquiera de sus formas. Una forma de dolor, incluso de violencia, es la censura que vivimos en redes sociales muchas de las que nos dedicamos a la sexualidad femenina, la educación menstrual o la salud femenina en un sentido amplio ya sea través de servicios, productos o creaciones. Y es que desde hace tiempo cuentas de profesionales de los temas citados son invisibilizadas, bloqueadas y en general ninguneadas. Conozco casos de emprendedoras que se desesperan porque sus publicaciones son censuradas, o porque que la red social de referencia no muestra sus promociones donde aparecen bragas menstruales, o que se autocensuran colocando símbolos u otras palabras para disimular la palabra vulva o sexual, por poner un ejemplo. Y entonces, ¿Qué hago con mi deseo/necesidad de estar cuando hay hostilidad?

¿Autocensura?? Llevamos siglos sin hablar públicamente de nuestros cuerpos, nuestros procesos, nuestro placer y ahora, ¿lo volvemos a hacer por los criterios de un algoritmo creado por el poder de Silicon Valley? ¿Entregamos nuestros conocimientos y reflexiones gratis para crear el contenido del señor de Meta?, perpetuando así el hecho de entregar nuestro tiempo y energía al servicio de los otros sin retribución económica. Queremos hacer llegar nuestras propuestas al mayor público posible a través de redes porque así lo necesitamos para hacer sostenible económicamente nuestro negocio, pero no conseguir en redes lo que nos prometieron nos frustra, nos desilusiona, nos desenamora y nos agota.

¿Cómo estar entonces? Es una pregunta complicada, con respuestas que no tengo. Una forma puede ser, estar estando en redes cómo y cuándo yo quiero estar a pesar de todo y gracias a todo. Desde un deseo, pero haciendo que las redes estén a mi servicio y no yo al servicio de ellas. Estar estando porque lo necesito, pero sin perder mi autenticidad y mi manera de hacer y de ser.

Otra opción es no estar. Y quizás en algunos proyectos es posible volver a lo cercano, a lo próximo, a dónde sí nos quieran. Volver a proponer talleres en nuestro barrio, a vincularnos con un espacio público donde divulgar nuestro conocimiento, a vender nuestro producto en las tiendas de nuestra ciudad o alrededores. Dejar que las cosas pasen a su tiempo, frente a lo inmediato y frenético que nos pide el mismo sistema que nos agota. Porque antes de que hubiera reels, había espacios dónde hablar de nuestros partos, de nosotras, de nuestra menstruación y de nuestra menopausia con la vecina de enfrente, con la amiga o con el grupo de mujeres del barrio.

En todo caso, creo que la manera de estar en redes sociales con proyectos sobre sexualidad femenina consciente, lactancia materna, educación menstrual y climatérica, entre otros temas y no sufrir los rigores del algoritmo debería partir de cada una de nosotras, encontrando el equilibrio complicado entre deseo, necesidad y amor a nosotras mismas.

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